|

¿El fin justifica los medios? Motivaciones, valores y espíritu competitivo

diciembre  2019 / 16

“Tus creencias se convierten en tus pensamientos, tus pensamientos se convierten en tus palabras, tus palabras se convierten en tus acciones, tus acciones se convierten en tus hábitos, tus hábitos se convierten en tus valores, tus valores se convierten en tu destino”

Mahatma Gandhi

 

El mundo del deporte está permanentemente en proceso de cambio. Aparecen nuevas modas, nuevas tendencias en la práctica lúdico – deportiva. Las modalidades incluidas en el deporte de resistencia gozan de una gran popularidad y aumentan sus adeptos en la actualidad. No es difícil encontrar personas que se aventuran a realizar pruebas de resistencia sin partir de una gran experiencia y, en ocasiones, sin la preparación adecuada.

Pero ¿por qué aumentan los practicantes estos deportes de tanta dureza actualmente? ¿Moda? ¿Contagio? ¿Necesidad de autosuperación? ¿Búsqueda de sensaciones? Puede que la respuesta a estas preguntas se deba a que, en el contexto social y deportivo actual, nos encontramos en un momento en que los valores y las motivaciones están cambiando al mismo tiempo que lo hace la sociedad.

 

A estos cambios contribuyen: los ritmos estresantes a los que estamos sometidos, el poco espacio que nos queda para conciliar el tiempo laboral, familiar y doméstico, la sensación de vacío al no tener margen de decisión en cuanto a nuestra vida y la falta de libertad en un mundo donde las exigencias externas son continuas y extenuantes. Un momento en que se encuentra in crescendo el no tener límite, el querer es poder, donde el segundo es el primer perdedor, donde no hay cabida para el dolor ni la derrota. El deporte y sus practicantes nos muestran las dos caras de la moneda.

La cara positiva sería la de realizar una actividad saludable, la de cuidarse tanto en un sentido amplio como concreto, la de unir esfuerzos por un objetivo común, la de entrenar con compañeros, la de reforzar la valía personal, etc. La cruz negativa se manifiesta cuando: se superan los límites saludables, se necesita el refuerzo positivo externo constantemente para sentirse bien, no se ajusta uno a la realidad personal en el momento de establecerse objetivos rompiendo y/o perjudicando otros espacios de la vida, entre otros ejemplos.

En el mundo del deporte podemos observar personas que se mueven por diferentes motivaciones. Unos luchan contra sí mismos tomándose como referencia mientras otros luchan contra otros, tomando a estos como guía y referencia. En un mundo ideal el deporte debería estar más motivado por: la autosuperación, el esfuerzo, la elaboración de un objetivo adecuado a la realidad personal, la satisfacción en la realización de una determinada actividad física, los retos, la constructividad y la autovaloración del proceso de logro. No únicamente en superar al rival para alimentar así el ego y la valía personal. La primera opción es más saludable, más perdurable en el tiempo mientras que la segunda es una lucha incansable, en ocasiones, llena de insatisfacción por no poder vencer al rival eternamente (en ocasiones, también reforzado por el hecho de que uno se compara de forma parcial y sin objetividad).

No podemos olvidarnos de otro fenómeno que refuerza esta segunda opción: contribuye directamente la gran popularidad, repercusión y poder que tienen las redes sociales en nuestras vidas. En estas uno puede mirarse como si de un espejo se tratara, compararse constantemente con sus símiles así como mostrar sus resultados y esfuerzos para alcanzar un determinado objetivo. Aquí prima el superar a los demás por encima de la mejora personal.

Todo ello es el resultado directo de una sociedad a la que se le ha educado para el éxito, para no fallar nunca, para no ser un «loser» en la vida. Desde pequeños se nos tiende a exigir ser los mejores en todo lo que se nos propone o realizamos. ¿A quién no le han dicho en la escuela que podría sacar mejores resultados si se esforzara más? Ha escuchado en casa: «Tienes que ser el mejor» O ha sido comparado con algún igual para una valoración más positiva hacia este último. Vivimos un momento en que tendemos a centrarnos en el resultado y nos cuesta valorar el proceso de aprendizaje y crecimiento personal regido por el esfuerzo, el sacrificio, el vencer adversidades y el superarse.

Dicen algunos de nuestros antepasados ​​que la vida actualmente es más fácil. Es muy probable que nos haya sido facilitado mucho más de lo que ellos disfrutaban en ciertas épocas. Pero no caigamos en la trampa, también las exigencias han crecido entre otras variables. Vivimos en una sociedad sobradamente preparada para el éxito pero negada significativamente en aceptar la derrota como una posibilidad tangible.

En mi labor como psicóloga deportiva me he encontrado en algunos casos de deportistas que, al ver que no alcanzaban el resultado esperado en el transcurso de la competición, abandonaban. Algunos expresaban abiertamente que al no alcanzar el tiempo deseado creían oportuno abandonar, otros se acogían a molestias físicas y otros a que la cabeza no acompañaba. Obviamente, el objetivo es personal, libre y uno puede modificarlo en cualquier momento en que lo desee.

Reflexionemos sobre este hecho. Al abandonar por no alcanzar un determinado tiempo, realmente, ¿por qué nos estamos dejando llevar? Muy posiblemente por el resultado. Priorizando la consecuencia, el fin por encima del vencer la adversidad, dejando a un lado: el superarse independientemente del tiempo logrado, el afrontar la dureza del momento, los pensamientos negativos, el valorar el esfuerzo y el recorrido hecho por encima del resultado final.

Este tipo de abandono puede estar condicionado por el efecto de la opinión social si no se hace con un «buen resultado”. Habría que matizar en este punto que, a menudo, es más lo que uno piensa que pensarán los demás que lo que los demás piensan propiamente. Este es un ejemplo de la educación recibida hacia el éxito, encajar una derrota o simplemente obtener un resultado que no es el deseado no es tarea fácil ya que, a menudo, no estamos suficientemente preparados. Damos excesiva importancia a dar una buena impresión al prójimo, a mantener a toda costa una postura ganadora.

La competitividad forma parte del deporte pero ésta debe estar en la dosis adecuada. Superarse, tomarse uno mismo como referencia, mejorar con el propio esfuerzo y sacrificio, prepararse a conciencia, de forma realista debe ser el punto de partida y también el punto final. El espíritu competitivo deja de ser limpio cuando el objetivo es vencer por encima de los demás utilizando los recursos que sean necesarios (adecuados o no tanto) como único objetivo.

«El fin justifica los medios», una mítica frase que resume esta idea errónea de la esencia deportiva y de los valores nobles que se desprenden de ella (justicia, igualdad, humildad, etc.). Cuando alguien se mueve más en esta línea encontramos que este espíritu se convierte antideportivo. El deporte no siempre es positivo. Serían ejemplos de ello: cuando este no se práctica mediante el juego limpio, cuando la rivalidad deja de ser transparente para alimentar otros objetivos más oscuros y turbios más centrados en pisar a otros competidores o cuando se da una comparación excesiva y continua con símiles obteniendo un refuerzo en la autoestima únicamente si se supera al otro.

Se pone excesivo énfasis en el éxito, en la victoria. La derrota esta despreciada e infravalorada. Pero, queridos y queridas deportistas, ¿qué pasaría si siempre ganásemos, si siempre nos lleváramos la medalla, si siempre lográramos todo lo que nos propusiéramos?

Lo más probable es que nos estancaríamos en nuestra evolución, no incorporaríamos el gran aprendizaje que se obtiene de la derrota, dejaríamos de esforzarnos por algo que no nos es difícil, los retos dejarían de tener valor, etc. Hay una frase que nos viene a decir: si fuera fácil todo el mundo lo haría y no tendría mérito. Sin duda si siempre tuviéramos éxito pasaría algo muy triste, quedaríamos estancados como Peter Pan en un punto determinado sin opción a crecer, sin posibilidades de ir incorporando conocimientos y convertirnos en mejores deportistas. ¿Estaríais dispuestos a aceptar este precio?

La derrota implica asumir que tenemos límites, deja patente que debemos esforzarnos para obtener unos beneficios, nos permite conocer el valor que tiene planificar el camino hacia nuestras metas, nos aporta un conocimiento sobre nosotros en situaciones adversas de gran valía, nos transmite una enseñanza sobre nuestras potencialidades y limitaciones, refuerza valores como la humildad (la competición se encarga de poner a cada uno en su lugar), el esfuerzo, el sacrificio, la disciplina y el compañerismo.

Por tanto, es importante conocer las fuentes de nuestra motivación, los principios por los que nos regimos, los valores que alimentamos en nuestra práctica deportiva. Estos marcarán nuestro paso por el ámbito deportivo, donde todo tiene cabida. De la misma forma que en la sociedad, somos libres de elegir cuál es el camino a seguir y los recursos a utilizar. Estas elecciones nos terminarán definiendo como deportistas y como personas.

 

Entrena tu mente… & ¡Be Positive!